Categoría: Creación literaria

Los zoológicos

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«Tomamos los jeeps para dirigirnos hacia la parte de la Hacienda Nápoles dedicada al zoológico. Escobar conduce uno de los vehículos y está acompañado de dos chicas brasileras en tanga […] En la distancia aparecen tres elefantes, quizás la primera atracción de todo circo o zoológico que se respete. Aunque yo nunca he podido distinguir entre los asiáticos y los africanos, Escobar los describe como asiáticos. Nos informa que los machos de las especies mayores y en vía de extinción de su zoológico tienen dos o más hembras y que, en el caso de las cebras, los camellos, los canguros, los caballos appaloosas u otros menos costosos, muchísimas más. Y añade con una sonrisa maliciosa: —Por eso se mantienen tan contentos, y no atacan ni son violentos.»

Amando a Pablo, odiando a Escobar  – Virginia Vallejo

 

Siempre he confesado que mis libros de cabecera van todos de psicología animal, y que me gusta observar animales salvajes, pero no en el zoológico, sino en su hábitat original. Creo que el marco de lo natural permite a las bestias salvajes el movimiento en libertad, no calculado, auténtico, feliz, algo lejos de lo que pudiera ofrecerles hasta la más fina jaula de oro en un zoológico. No obstante, después de haber visitado varios zoológicos en grandes ciudades del mundo y experimentado la misma sensación de tristeza por las fieras encerradas, como si hubieran cometido un delito a cadena perpetua, yo creo que estos lugares extraordinarios de las grandes ciudades del mundo llegan a ser en algunos casos un mal necesario. >>

 

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Texto completo publicado (septiembre 2021) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 60, año 15.

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Imagen: Felinario (Parque de las Leyendas – Lima)

Las salas de cine

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«Los mendigos anónimos

vienen del cine mudo

posan en blanco y negro […]

los mendigos anónimos

antes tenían nombres

y memoria y subtítulos»

En blanco y negro, Mario Benedetti

 

Si preparo popcorn en casa, dos cosas me vienen a la memoria: los festejos de cumpleaños de la niñez y las salas de cine de Lima. Desde el nacimiento mundial del séptimo arte las salas para proyectar películas parecían ser parte inherente de ese fenómeno que tanto fascinara enseguida a las vanguardias del mundo entero. Primero, mudo, y a blanco y negro, luego con música al paralelo, después con sonido, más tarde a colores, con subtítulos, mucho después doblado a otros idiomas, muchísimo después en 3D con las supergafas oscuras, incluso con efectos sonoros extras en sala y movimientos de butaca, dependiendo del lugar. Aquí en Múnich, sala de gala, con asientos reclinables y mesitas desplegables con servicio de champán y cena a la carta. Todo iba viento en popa hasta que pasó un huracán pandémico que nos movió la alfombra roja y convirtió la esencia del cine en una pregunta de vida o muerte, o de reinvención, o de renacimiento: ¿el cine es igual a sala de cine? ¿son necesarias las salas de cine? ¿netflix no es cine, por más que uno tenga un pantallón instalado en la pared más grande de la casa? ¿un streaming de película cinematográfica no es cine? ¿el chiste del cine era mirar la película en medio de una masa de gente, entre cuatro paredes, engullendo popcorn?  …>>

 

Texto completo publicado (mayo 2021) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 59, año 15

Las bibliotecas

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     Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

La Biblioteca de Babel, Jorge Luis Borges

 

En la biblioteca de un centro de idiomas ubicado en la ciudad de Lima allá por los años noventa del siglo pasado —una de las pocas bibliotecas que ofrecían estantes de libros para lectura presencial en esa época— se hizo un estudio estadístico sobre pérdidas de libros (bajo la causa «no devuelto» o «ejemplar desaparecido en sala») y resultó ser que «se perdían», si mal no recuerdo, dos libros por día, y aquella biblioteca solo abría 6 horas al día, de lunes a viernes. De leyenda. Bien; pero actualicemos. Un programa de fomento de lectura de la ciudad de Lima vino a ofrecer hace un par de años el servicio de préstamos de libros para lectura durante el viaje en transporte público. En el primer año se registraron pérdidas del noventa por ciento de los ejemplares. Menos mal que con las campañas de «educación civil» que se vio obligado a crear aquel programa para subvertir tamaña ignominia, se logró casi revertir la cosa en un año más. Increíble fenómeno; o milagro de octubre limeño.

Ahora volvamos a retroceder mucho más. Unos 140 años; hasta exactamente febrero de 1881. Soldados de un ejército extranjero invasor saqueando la Biblioteca Nacional del Perú, ubicada en pleno centro de la en esos momentos sitiada ciudad de Lima. No se salvaron del saqueo varias otras bibliotecas de universidades, conventos y archivos limeños. Un siglo y pico después, se lleva a cabo una devolución simbólica de ese pedazo de memoria histórica, resguardada en libros y otros documentos, que le fue arrebatada a la cultura peruana. Grato consuelo…>>

 

Texto completo publicado (febrero 2021) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 58, año 15

La novela limeña DIGITAL

«Capítulo VIII»

de la novela colectiva La novela limeña 2019  (Volumen II; Nr. 15 de la Colección Lima Lee).

Lima: Municipalidad de Lima, 2021 EDICIÓN DIGITAL.

(Colección conmemoración del Bicentenario de la Independencia del Perú)

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Más detalles sobre la publicación de La novela limeña en Café con Letra.

Entrevista al editor de La novela limeña en: Lima en Escena

 

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(Fuente de la imagen: Fanpage facebook de LIMA LEE)

Las huacas citadinas

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                                                          «Más tarde, cuando conocimos la Huaca Juliana, nos olvidamos del mar.

La huaca estaba para nosotros cargada de misterio.

Era una ciudad muerta, una ciudad para los muertos.

Nunca nos atrevimos a esperar en ella el atardecer.

Bajo la luz del sol era acogedora y nosotros conocíamos sus terraplenes

y el sabor de su tierra, donde se encontraban pedazos de alfarería.

A la hora del crepúsculo, sin embargo, cobraba un aspecto triste,

parecía enfermarse y nosotros huíamos, despavoridos, por sus faldas.»

Los eucaliptos, Julio Ramón Ribeyro

 

Las huacas de Lima son edificios de edades ancestrales: restos arqueológicos de construcciones de impronta prehispánica que la desidia vecinal limeña no ha logrado destruir a pesar de tanta modernidad citadina. Las hay por todas partes, imposible viajar un buen rato en auto por Lima y no toparse con alguna. El material con el que generalmente fueron construidas es el adobe, frente al cual las escasas lluvias y la fina garúa limeñas poco poder destructivo han tenido; no obstante, el corazón con que los habitantes de mi ciudad las miran y protegen es bien diferenciado.

                       Me viene ahora a la memoria haber visto una huaca que era utilizada como campo de fulbito en algún distrito popular de la ciudad a mediados de los ochenta. También recuerdo una huaca que servía de fumadero para drogadictos, pero que hoy es un sitio oficialmente protegido, la Huaca Mateo Salado, convertida en símbolo patrimonial de la institución educativa que colinda con ella. Muy cerca de ahí, en el área misma que ocupa el zoológico de Lima, llamado Parque de las Leyendas, se encontraban otras viejas huacas a medio desenterrar, las cuales, para provecho y felicidad de los visitantes de hoy, están ahora muy bien restauradas y estudiadas: algunas llegan a los dos mil años de antigüedad y otras, al parecer, son del último tiempo de los incas, constituyendo todas en su conjunto el Complejo Arqueológico Maranga. >>

 

Texto completo publicado (noviembre 2020) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 57, año 14

 

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Imagen: Foto de Huaca Mateo Salado, desde el colegio que colinda con ella (IE 1021), Lima.

Narrativa: «Mariagémina, amiga mía» (cuento)

Cuentos publicados en

INTERVALOS – 12 NARRADORAS PERUANAS  (Ed. dig. para kindle, 2020):

«El Gallo Nono – Cuento infantil para adultos» (Lima, agosto 1999).

«Mariagémina, amiga mía» (Múnich, abril 2016);  [cuento publicado también en: Revista Vallejo & Co. (mayo 2021)]

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Notas / Reseñas al libro Intervalos:

Diario Expreso (octubre, 2020)

Revista Vallejo & Co. (diciembre, 2020)

 

Los cafés y las fuentes de soda

<<                                             «Y pienso que,  si no hubiera nacido, otro pobre tomara este café.«

César Vallejo

Café con letra. Ese era el nombre del boletín literario que edité hacia fines de la década de los noventa en Lima. La palabra ‘café’ aludía ahí a la bebida producto derivado del grano del mismo nombre que yo llegué a consumir con devoción en aquella época bajo el convencimiento de que ese oscuro bebedizo pudiera traerme lucidez, inspiración literaria y un insomnio que me permitiera alargar la jornada para leer y escribir más durante una mayor cantidad de horas al día, o incluso refugiarme en la lectura rápida y voraz entre los silencios exclusivos de las madrugadas… >>

Texto completo publicado (agosto 2020) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 56,  año 14

Narrativa: «Mala hora» (cuento)

En: Webzine HÍBRIDO LITERARIO – Literatura Hispanoamericana Contemporánea

Dirección y edición:  Rocío Uchofen.

Lectura online aquí:   «Sección Narradoras» (Híbrido Literario) , edición de abril 2020.

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«Mala hora», cuento publicado también en En un tiempo de mi ciudad (Berlín: Epubli 2015); pp. 33-35.

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Fuente de la imagen:  https://hibridoliterario.com/sitio/

Las alamedas y los boulevards

<<                                             «A esta alameda muriente

he traído mi cansancio,

y estoy ya no sé qué tiempo

tendida bajo los álamos,

que van cubriendo mi pecho

de su oro divino y tardo.«

Gabriela Mistral

 

Mi vieja costumbre de salir a caminar. Salir a andar por las calles del limeñísimo centro de mi ciudad para pensar, es decir, caminar sin observar nada. Circulación autónoma y anónima, o como la de cualquier sencillo número de una contribuyente de impuestos más. Disfrutar del paseo sola en medio del amontonamiento de ciudadanos apurados. Esquivar, no necesariamente, un codazo, un roce, un estornudo, una tos, ni tampoco incluso a un carterista, a un bolsiqueador, a un listo. Caminar sin que me importe nada y sin ser reconocida por nadie, porque en las grandes urbes los infiernos son diminutos, y se puede ser feliz marchando así.

         De pronto, sentir la necesidad una tarde de oír el mecer de las ramas por el aire, el rish-rash de las hojas removidas por el viento. Dirigirse, entonces a la alameda, al boulevard, a la avenida con palmeras. Lima es grande y hay espacio para todo tipo de calles y avenidas, paseos peatonales y jirones, con o sin árboles de cedro, casuarinas, poncianas, o eucaliptos. En una alameda de Barranco concentrarse en el trino de los pájaros y olvidar la gentil urbanidad. O en el Paseo de La Punta, al pie del mar, cruzarse con igual cantidad de gentes e ignorarlas. Sentirse así, anónima también, en la frontera entre cemento y naturaleza. >>

 

Texto completo publicado (mayo 2020) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 55, año 14

Los bares, las cantinas y los shishabars

<<                               «—Yo, es la primera vez que vengo al Negro-Negro

—dijo Santiago—.Vienen muchos pintores y escritores, ¿no?

                                                                        —Pintores y escritores náufragos —dijo Carlitos—.

Cuando yo era un pichón entraba aquí como las beatas

a las iglesias. Desde ese rincón, espiaba, escuchaba,

cuando reconocía a un escritor me crecía el corazón.

Quería estar cerca de los genios, quería que me contagiaran.»

Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa

El Negro-Negro es un bar en el que conversan los personajes de Zavalita y Carlitos en diálogos intrusivos dentro del diálogo mayor que se lleva a cabo en el bar La Catedral. Si bien un bar con el mismo nombre algún día existió en la ciudad de Lima y hoy ya no existe, los seguidores del afamado autor de Conversación en La Catedral visitan el sitio para decir «aquí estaba ese bar».

                 En la literatura contemporánea hay historias que ocurren en los bares de grandes urbes. Esos bares fictivos, cuando tienen sus correlatos en las realidades urbanas de ciudades en concreto, saltan a la realidad para convertirse en sello especial de determinados lugares y cobrar cierto fetichismo. Es el caso del Bar Cordano, el Queirolo, o el Bar del Hotel Bolívar del centro de Lima, por los que todo el mundo quiere pasar, para ver el escenario real que aparece en ciertas historias consagradas. Por otro lado, hay otro tipo de bares reales en las ciudades reales que se convierten en lugares a los que concurren los narradores mismos, como el Floridita de La Habana, al que iba mucho Hemingway. De ahí que muchos aspirantes a poetas, y amantes de las letras y la escritura, se empeñen en visitarlos, convencidos de que adquirirán inspiración, o de que podrán reencontrarse con los espíritus de los escritores muertos y combatir así un poco la página en blanco. También, para muchos, asistir a esos bares ‘literarios’ es un simple gesto ceremonial que busca rendir homenaje a una figura especial de la historia de lecturas personales>>

 

Texto completo publicado (marzo 2020) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 54, año 14