Categoría: Creación literaria

Las bibliotecas

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     Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

La Biblioteca de Babel, Jorge Luis Borges

 

En la biblioteca de un centro de idiomas ubicado en la ciudad de Lima allá por los años noventa del siglo pasado —una de las pocas bibliotecas que ofrecían estantes de libros para lectura presencial en esa época— se hizo un estudio estadístico sobre pérdidas de libros (bajo la causa «no devuelto» o «ejemplar desaparecido en sala») y resultó ser que «se perdían», si mal no recuerdo, dos libros por día, y aquella biblioteca solo abría 6 horas al día, de lunes a viernes. De leyenda. Bien; pero actualicemos. Un programa de fomento de lectura de la ciudad de Lima vino a ofrecer hace un par de años el servicio de préstamos de libros para lectura durante el viaje en transporte público. En el primer año se registraron pérdidas del noventa por ciento de los ejemplares. Menos mal que con las campañas de «educación civil» que se vio obligado a crear aquel programa para subvertir tamaña ignominia, se logró casi revertir la cosa en un año más. Increíble fenómeno; o milagro de octubre limeño.

Ahora volvamos a retroceder mucho más. Unos 140 años; hasta exactamente febrero de 1881. Soldados de un ejército extranjero invasor saqueando la Biblioteca Nacional del Perú, ubicada en pleno centro de la en esos momentos sitiada ciudad de Lima. No se salvaron del saqueo varias otras bibliotecas de universidades, conventos y archivos limeños. Un siglo y pico después, se lleva a cabo una devolución simbólica de ese pedazo de memoria histórica, resguardada en libros y otros documentos, que le fue arrebatada a la cultura peruana. Grato consuelo…>>

 

Texto completo publicado (febrero 2021) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 58, año 15

La novela limeña DIGITAL

«Capítulo VIII»

de la novela colectiva La novela limeña 2019  (Volumen II; Nr. 15 de la Colección Lima Lee).

Lima: Municipalidad de Lima, 2021 EDICIÓN DIGITAL.

(Colección conmemoración del Bicentenario de la Independencia del Perú)

Presentación: lunes 18 de enero, 17 hrs Lima / Facebokelive: LIMALEE

(Fuente de la imagen: Fanpage facebook de LIMA LEE)

 

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Más detalles sobre la publicación de La novela limeña en Café con Letra.

Entrevista al editor de La novela limeña en: Lima en Escena

Las huacas citadinas

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                                                          «Más tarde, cuando conocimos la Huaca Juliana, nos olvidamos del mar.

La huaca estaba para nosotros cargada de misterio.

Era una ciudad muerta, una ciudad para los muertos.

Nunca nos atrevimos a esperar en ella el atardecer.

Bajo la luz del sol era acogedora y nosotros conocíamos sus terraplenes

y el sabor de su tierra, donde se encontraban pedazos de alfarería.

A la hora del crepúsculo, sin embargo, cobraba un aspecto triste,

parecía enfermarse y nosotros huíamos, despavoridos, por sus faldas.»

Los eucaliptos, Julio Ramón Ribeyro

 

Las huacas de Lima son edificios de edades ancestrales: restos arqueológicos de construcciones de impronta prehispánica que la desidia vecinal limeña no ha logrado destruir a pesar de tanta modernidad citadina. Las hay por todas partes, imposible viajar un buen rato en auto por Lima y no toparse con alguna. El material con el que generalmente fueron construidas es el adobe, frente al cual las escasas lluvias y la fina garúa limeñas poco poder destructivo han tenido; no obstante, el corazón con que los habitantes de mi ciudad las miran y protegen es bien diferenciado.

                       Me viene ahora a la memoria haber visto una huaca que era utilizada como campo de fulbito en algún distrito popular de la ciudad a mediados de los ochenta. También recuerdo una huaca que servía de fumadero para drogadictos, pero que hoy es un sitio oficialmente protegido, la Huaca Mateo Salado, convertida en símbolo patrimonial de la institución educativa que colinda con ella. Muy cerca de ahí, en el área misma que ocupa el zoológico de Lima, llamado Parque de las Leyendas, se encontraban otras viejas huacas a medio desenterrar, las cuales, para provecho y felicidad de los visitantes de hoy, están ahora muy bien restauradas y estudiadas: algunas llegan a los dos mil años de antigüedad y otras, al parecer, son del último tiempo de los incas, constituyendo todas en su conjunto el Complejo Arqueológico Maranga. >>

 

Texto completo publicado (noviembre 2020) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 57, año 14

 

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Imagen: Foto de Huaca Mateo Salado, desde el colegio que colinda con ella (IE 1021), Lima.

Los cafés y las fuentes de soda

<<                                             «Y pienso que,  si no hubiera nacido, otro pobre tomara este café.«

César Vallejo

Café con letra. Ese era el nombre del boletín literario que edité hacia fines de la década de los noventa en Lima. La palabra ‘café’ aludía ahí a la bebida producto derivado del grano del mismo nombre que yo llegué a consumir con devoción en aquella época bajo el convencimiento de que ese oscuro bebedizo pudiera traerme lucidez, inspiración literaria y un insomnio que me permitiera alargar la jornada para leer y escribir más durante una mayor cantidad de horas al día, o incluso refugiarme en la lectura rápida y voraz entre los silencios exclusivos de las madrugadas… >>

Texto completo publicado (agosto 2020) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 56,  año 14

Narrativa: «Mala hora» (cuento)

En: Webzine HÍBRIDO LITERARIO – Literatura Hispanoamericana Contemporánea

Dirección y edición:  Rocío Uchofen.

Lectura online aquí:   «Sección Narradoras» (Híbrido Literario) , edición de abril 2020.

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«Mala hora», cuento publicado también en En un tiempo de mi ciudad (Berlín: Epubli 2015); pp. 33-35.

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Fuente de la imagen:  https://hibridoliterario.com/sitio/

Las alamedas y los boulevards

<<                                             «A esta alameda muriente

he traído mi cansancio,

y estoy ya no sé qué tiempo

tendida bajo los álamos,

que van cubriendo mi pecho

de su oro divino y tardo.«

Gabriela Mistral

 

Mi vieja costumbre de salir a caminar. Salir a andar por las calles del limeñísimo centro de mi ciudad para pensar, es decir, caminar sin observar nada. Circulación autónoma y anónima, o como la de cualquier sencillo número de una contribuyente de impuestos más. Disfrutar del paseo sola en medio del amontonamiento de ciudadanos apurados. Esquivar, no necesariamente, un codazo, un roce, un estornudo, una tos, ni tampoco incluso a un carterista, a un bolsiqueador, a un listo. Caminar sin que me importe nada y sin ser reconocida por nadie, porque en las grandes urbes los infiernos son diminutos, y se puede ser feliz marchando así.

         De pronto, sentir la necesidad una tarde de oír el mecer de las ramas por el aire, el rish-rash de las hojas removidas por el viento. Dirigirse, entonces a la alameda, al boulevard, a la avenida con palmeras. Lima es grande y hay espacio para todo tipo de calles y avenidas, paseos peatonales y jirones, con o sin árboles de cedro, casuarinas, poncianas, o eucaliptos. En una alameda de Barranco concentrarse en el trino de los pájaros y olvidar la gentil urbanidad. O en el Paseo de La Punta, al pie del mar, cruzarse con igual cantidad de gentes e ignorarlas. Sentirse así, anónima también, en la frontera entre cemento y naturaleza. >>

 

Texto completo publicado (mayo 2020) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 55, año 14

Los bares, las cantinas y los shishabars

<<                               «—Yo, es la primera vez que vengo al Negro-Negro

—dijo Santiago—.Vienen muchos pintores y escritores, ¿no?

                                                                        —Pintores y escritores náufragos —dijo Carlitos—.

Cuando yo era un pichón entraba aquí como las beatas

a las iglesias. Desde ese rincón, espiaba, escuchaba,

cuando reconocía a un escritor me crecía el corazón.

Quería estar cerca de los genios, quería que me contagiaran.»

Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa

El Negro-Negro es un bar en el que conversan los personajes de Zavalita y Carlitos en diálogos intrusivos dentro del diálogo mayor que se lleva a cabo en el bar La Catedral. Si bien un bar con el mismo nombre algún día existió en la ciudad de Lima y hoy ya no existe, los seguidores del afamado autor de Conversación en La Catedral visitan el sitio para decir «aquí estaba ese bar».

                 En la literatura contemporánea hay historias que ocurren en los bares de grandes urbes. Esos bares fictivos, cuando tienen sus correlatos en las realidades urbanas de ciudades en concreto, saltan a la realidad para convertirse en sello especial de determinados lugares y cobrar cierto fetichismo. Es el caso del Bar Cordano, el Queirolo, o el Bar del Hotel Bolívar del centro de Lima, por los que todo el mundo quiere pasar, para ver el escenario real que aparece en ciertas historias consagradas. Por otro lado, hay otro tipo de bares reales en las ciudades reales que se convierten en lugares a los que concurren los narradores mismos, como el Floridita de La Habana, al que iba mucho Hemingway. De ahí que muchos aspirantes a poetas, y amantes de las letras y la escritura, se empeñen en visitarlos, convencidos de que adquirirán inspiración, o de que podrán reencontrarse con los espíritus de los escritores muertos y combatir así un poco la página en blanco. También, para muchos, asistir a esos bares ‘literarios’ es un simple gesto ceremonial que busca rendir homenaje a una figura especial de la historia de lecturas personales>>

 

Texto completo publicado (marzo 2020) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 54, año 14

Los parques y los jardines

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«[Melibea:] Todo se goza este huerto con tu venida, [Calixto].

Mira la luna cuán clara se nos muestra. Mira las nubes cómo

huyen. ¡Oye la corriente de agua de esta fontecica, cuánto

más suave murmurio y zurrío lleva por entre las frescas

hierbas! Escucha los altos cipreses, cómo se dan paz unos

ramos con otros por intercesión de un templadico viento que

los menea. Mira sus quietas sombras, cuán oscuras están

y aparejadas para encubrir nuestro deleite.»

La Celestina, o Tragicomedia de Calixto y Melibea [Siglo XV]

 

¿Qué sería de Nueva York sin el Central Park, de Londres sin el Hyde Park, de Múnich sin el Englischer Garten, de Paris sin el Bois de Bologne, de Madrid sin el Parque del Retiro y de tantas otras grandes urbes sin su enorme parque representativo? Si se borrara aquellos lugares emblemáticos del plano de sus ciudades, quedaría una huella como de cráter inactivo y la ciudad, mutilada en su elemento más simbólico. Pues en estos casos se trata de superficies considerables que constituyen realmente paraísos verdes en medio del cemento y el hormigón de las ciudades que los albergan. Esos inmensos lugares abiertos fueron creados, en principio, para acercar un poco a las poblaciones modernas hacia la naturaleza; algunos de ellos fueron diseñados tratando de imitarla en su forma más salvaje, al más puro estilo inglés del siglo XVIII, y otras ciudades quisieron crear áreas verdes que funcionaran como pulmones citadinos y para dar a su vez espacio a actividades de ocio en medio de los nuevos estilos de vida cada vez más agitados y cosmopolitas, sin tiempo para relajarse, o darse una escapada a las afueras o al campo.>>

 

Texto completo publicado (diciembre 2019) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 53, año 13

El tráfico y los ruidos

«He visto una ciudad

una avenida

una calle inundada de cantos

de poemas sonando como bocinas de carros».

Poema sin límites de velocidad.

Carlos Oliva

Hace casi cien años en una revista peruana se publicó por entregas semanales una obra colectiva: La novela limeña [1920], cuyo escenario principal era la urbe capitalina. En el primer capítulo el autor inaugural, José Gálvez, escribió: «Cuando el auto pasó por la Merced, las campanas del templo se echaban a vuelo en desatentado repique y el repetido llamamiento de los bronces trajo a Juan Antonio, ese día desorbitado y nervioso, la visión de Lima antigua…». Semanas después otro de los autores, bajo el seudónimo ‘Juan de Zavaleta’, al presentar sus descripciones se dejó también inspirar por el contrapeso que los ruidos modernos parecían traer a cierto sosiego citadino en extinción: «El automóvil que conducía a las dos amigas runruneaba alegremente, saltando sobre el empedrado de la Alameda de los Descalzos. A un lado de la Alameda, toda una larga serie de casas chatas y polvorientas, pintadas de colores chillones —azul índigo, rojo vivo, amarillo claro— mostraba sus puertas anchas, sus patios empedrados, sus ventanas enrejadas y sus balconcillos floridos. Al otro lado, el paseo enseñaba la frescura de sus sauces y ficus mal podados, y la blancura marmórea de las estatuas que el descuido y la mano torpe de los chicuelos habían implacablemente mutilado. Al fondo, el convento, grueso paredón adosado al cerro y provisto de una torrecilla cuyo esquilón tañía incesantemente, completa el decorado. Diríase un rincón aldeano, todo paz y sosiego, un paisaje de la Lima, lánguida y colonial, si el intermitente piteo de una fábrica cercana y los campanillazos de los tranvías eléctricos no hubieran roto la ilusión instantánea«; eso, como una ilusión instantánea, es decir, como un instante de engaño óptico, intentaba presentar el novelista esa sensación ensoñadora del limeño que suspira imaginando tiempos pasados, aunque coloniales, mejores; a pesar de que hace un siglo, el ruido del tráfico diario se reducía al paso de un automóvil sobre una callecita empedrada y al estridente cencerro —por utilizar un termino bucólico— de un moderno tranvía. Completaban la bulla urbana apenas los pitos de las fábricas.

 

Texto completo publicado (setiembre 2019) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 52, año 13 

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Fuente de la imagen: http://www.protransporte.gob.pe/