Las salas de cine

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«Los mendigos anónimos

vienen del cine mudo

posan en blanco y negro […]

los mendigos anónimos

antes tenían nombres

y memoria y subtítulos»

En blanco y negro, Mario Benedetti

 

Si preparo popcorn en casa, dos cosas me vienen a la memoria: los festejos de cumpleaños de la niñez y las salas de cine de Lima. Desde el nacimiento mundial del séptimo arte las salas para proyectar películas parecían ser parte inherente de ese fenómeno que tanto fascinara enseguida a las vanguardias del mundo entero. Primero, mudo, y a blanco y negro, luego con música al paralelo, después con sonido, más tarde a colores, con subtítulos, mucho después doblado a otros idiomas, muchísimo después en 3D con las supergafas oscuras, incluso con efectos sonoros extras en sala y movimientos de butaca, dependiendo del lugar. Aquí en Múnich, sala de gala, con asientos reclinables y mesitas desplegables con servicio de champán y cena a la carta. Todo iba viento en popa hasta que pasó un huracán pandémico que nos movió la alfombra roja y convirtió la esencia del cine en una pregunta de vida o muerte, o de reinvención, o de renacimiento: ¿el cine es igual a sala de cine? ¿son necesarias las salas de cine? ¿netflix no es cine, por más que uno tenga un pantallón instalado en la pared más grande de la casa? ¿un streaming de película cinematográfica no es cine? ¿el chiste del cine era mirar la película en medio de una masa de gente, entre cuatro paredes, engullendo popcorn?  …>>

 

Texto completo publicado (mayo 2021) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 59, año 15