Los zoológicos

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«Tomamos los jeeps para dirigirnos hacia la parte de la Hacienda Nápoles dedicada al zoológico. Escobar conduce uno de los vehículos y está acompañado de dos chicas brasileras en tanga […] En la distancia aparecen tres elefantes, quizás la primera atracción de todo circo o zoológico que se respete. Aunque yo nunca he podido distinguir entre los asiáticos y los africanos, Escobar los describe como asiáticos. Nos informa que los machos de las especies mayores y en vía de extinción de su zoológico tienen dos o más hembras y que, en el caso de las cebras, los camellos, los canguros, los caballos appaloosas u otros menos costosos, muchísimas más. Y añade con una sonrisa maliciosa: —Por eso se mantienen tan contentos, y no atacan ni son violentos.»

Amando a Pablo, odiando a Escobar  – Virginia Vallejo

 

Siempre he confesado que mis libros de cabecera van todos de psicología animal, y que me gusta observar animales salvajes, pero no en el zoológico, sino en su hábitat original. Creo que el marco de lo natural permite a las bestias salvajes el movimiento en libertad, no calculado, auténtico, feliz, algo lejos de lo que pudiera ofrecerles hasta la más fina jaula de oro en un zoológico. No obstante, después de haber visitado varios zoológicos en grandes ciudades del mundo y experimentado la misma sensación de tristeza por las fieras encerradas, como si hubieran cometido un delito a cadena perpetua, yo creo que estos lugares extraordinarios de las grandes ciudades del mundo llegan a ser en algunos casos un mal necesario. >>

 

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Texto completo publicado (septiembre 2021) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 60, año 15.

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Imagen: Felinario (Parque de las Leyendas – Lima)