Etiqueta: Urbes Textuales

Las alamedas y los boulevards

<<                                             «A esta alameda muriente

he traído mi cansancio,

y estoy ya no sé qué tiempo

tendida bajo los álamos,

que van cubriendo mi pecho

de su oro divino y tardo.«

Gabriela Mistral

 

Mi vieja costumbre de salir a caminar. Salir a andar por las calles del limeñísimo centro de mi ciudad para pensar, es decir, caminar sin observar nada. Circulación autónoma y anónima, o como la de cualquier sencillo número de una contribuyente de impuestos más. Disfrutar del paseo sola en medio del amontonamiento de ciudadanos apurados. Esquivar, no necesariamente, un codazo, un roce, un estornudo, una tos, ni tampoco incluso a un carterista, a un bolsiqueador, a un listo. Caminar sin que me importe nada y sin ser reconocida por nadie, porque en las grandes urbes los infiernos son diminutos, y se puede ser feliz marchando así.

         De pronto, sentir la necesidad una tarde de oír el mecer de las ramas por el aire, el rish-rash de las hojas removidas por el viento. Dirigirse, entonces a la alameda, al boulevard, a la avenida con palmeras. Lima es grande y hay espacio para todo tipo de calles y avenidas, paseos peatonales y jirones, con o sin árboles de cedro, casuarinas, poncianas, o eucaliptos. En una alameda de Barranco concentrarse en el trino de los pájaros y olvidar la gentil urbanidad. O en el Paseo de La Punta, al pie del mar, cruzarse con igual cantidad de gentes e ignorarlas. Sentirse así, anónima también, en la frontera entre cemento y naturaleza. >>

 

Texto completo publicado (mayo 2020) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 55, año 14

Los bares, las cantinas y los shishabars

<<                               «—Yo, es la primera vez que vengo al Negro-Negro

—dijo Santiago—.Vienen muchos pintores y escritores, ¿no?

                                                                        —Pintores y escritores náufragos —dijo Carlitos—.

Cuando yo era un pichón entraba aquí como las beatas

a las iglesias. Desde ese rincón, espiaba, escuchaba,

cuando reconocía a un escritor me crecía el corazón.

Quería estar cerca de los genios, quería que me contagiaran.»

Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa

El Negro-Negro es un bar en el que conversan los personajes de Zavalita y Carlitos en diálogos intrusivos dentro del diálogo mayor que se lleva a cabo en el bar La Catedral. Si bien un bar con el mismo nombre algún día existió en la ciudad de Lima y hoy ya no existe, los seguidores del afamado autor de Conversación en La Catedral visitan el sitio para decir «aquí estaba ese bar».

                 En la literatura contemporánea hay historias que ocurren en los bares de grandes urbes. Esos bares fictivos, cuando tienen sus correlatos en las realidades urbanas de ciudades en concreto, saltan a la realidad para convertirse en sello especial de determinados lugares y cobrar cierto fetichismo. Es el caso del Bar Cordano, el Queirolo, o el Bar del Hotel Bolívar del centro de Lima, por los que todo el mundo quiere pasar, para ver el escenario real que aparece en ciertas historias consagradas. Por otro lado, hay otro tipo de bares reales en las ciudades reales que se convierten en lugares a los que concurren los narradores mismos, como el Floridita de La Habana, al que iba mucho Hemingway. De ahí que muchos aspirantes a poetas, y amantes de las letras y la escritura, se empeñen en visitarlos, convencidos de que adquirirán inspiración, o de que podrán reencontrarse con los espíritus de los escritores muertos y combatir así un poco la página en blanco. También, para muchos, asistir a esos bares ‘literarios’ es un simple gesto ceremonial que busca rendir homenaje a una figura especial de la historia de lecturas personales>>

 

Texto completo publicado (marzo 2020) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 54, año 14

Los parques y los jardines

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«[Melibea:] Todo se goza este huerto con tu venida, [Calixto].

Mira la luna cuán clara se nos muestra. Mira las nubes cómo

huyen. ¡Oye la corriente de agua de esta fontecica, cuánto

más suave murmurio y zurrío lleva por entre las frescas

hierbas! Escucha los altos cipreses, cómo se dan paz unos

ramos con otros por intercesión de un templadico viento que

los menea. Mira sus quietas sombras, cuán oscuras están

y aparejadas para encubrir nuestro deleite.»

La Celestina, o Tragicomedia de Calixto y Melibea [Siglo XV]

 

¿Qué sería de Nueva York sin el Central Park, de Londres sin el Hyde Park, de Múnich sin el Englischer Garten, de Paris sin el Bois de Bologne, de Madrid sin el Parque del Retiro y de tantas otras grandes urbes sin su enorme parque representativo? Si se borrara aquellos lugares emblemáticos del plano de sus ciudades, quedaría una huella como de cráter inactivo y la ciudad, mutilada en su elemento más simbólico. Pues en estos casos se trata de superficies considerables que constituyen realmente paraísos verdes en medio del cemento y el hormigón de las ciudades que los albergan. Esos inmensos lugares abiertos fueron creados, en principio, para acercar un poco a las poblaciones modernas hacia la naturaleza; algunos de ellos fueron diseñados tratando de imitarla en su forma más salvaje, al más puro estilo inglés del siglo XVIII, y otras ciudades quisieron crear áreas verdes que funcionaran como pulmones citadinos y para dar a su vez espacio a actividades de ocio en medio de los nuevos estilos de vida cada vez más agitados y cosmopolitas, sin tiempo para relajarse, o darse una escapada a las afueras o al campo.>>

 

Texto completo publicado (diciembre 2019) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 53, año 13

El tráfico y los ruidos

«He visto una ciudad

una avenida

una calle inundada de cantos

de poemas sonando como bocinas de carros».

Poema sin límites de velocidad.

Carlos Oliva

Hace casi cien años en una revista peruana se publicó por entregas semanales una obra colectiva: La novela limeña [1920], cuyo escenario principal era la urbe capitalina. En el primer capítulo el autor inaugural, José Gálvez, escribió: «Cuando el auto pasó por la Merced, las campanas del templo se echaban a vuelo en desatentado repique y el repetido llamamiento de los bronces trajo a Juan Antonio, ese día desorbitado y nervioso, la visión de Lima antigua…». Semanas después otro de los autores, bajo el seudónimo ‘Juan de Zavaleta’, al presentar sus descripciones se dejó también inspirar por el contrapeso que los ruidos modernos parecían traer a cierto sosiego citadino en extinción: «El automóvil que conducía a las dos amigas runruneaba alegremente, saltando sobre el empedrado de la Alameda de los Descalzos. A un lado de la Alameda, toda una larga serie de casas chatas y polvorientas, pintadas de colores chillones —azul índigo, rojo vivo, amarillo claro— mostraba sus puertas anchas, sus patios empedrados, sus ventanas enrejadas y sus balconcillos floridos. Al otro lado, el paseo enseñaba la frescura de sus sauces y ficus mal podados, y la blancura marmórea de las estatuas que el descuido y la mano torpe de los chicuelos habían implacablemente mutilado. Al fondo, el convento, grueso paredón adosado al cerro y provisto de una torrecilla cuyo esquilón tañía incesantemente, completa el decorado. Diríase un rincón aldeano, todo paz y sosiego, un paisaje de la Lima, lánguida y colonial, si el intermitente piteo de una fábrica cercana y los campanillazos de los tranvías eléctricos no hubieran roto la ilusión instantánea«; eso, como una ilusión instantánea, es decir, como un instante de engaño óptico, intentaba presentar el novelista esa sensación ensoñadora del limeño que suspira imaginando tiempos pasados, aunque coloniales, mejores; a pesar de que hace un siglo, el ruido del tráfico diario se reducía al paso de un automóvil sobre una callecita empedrada y al estridente cencerro —por utilizar un termino bucólico— de un moderno tranvía. Completaban la bulla urbana apenas los pitos de las fábricas.

 

Texto completo publicado (setiembre 2019) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 52, año 13 

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Fuente de la imagen: http://www.protransporte.gob.pe/

Los edificios y los ascensores

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Cinco metros de poemas [1927]

Carlos Oquendo de Amat

 

Si alguien me preguntara por la diferencia arquitectónica entre una ciudad y un pueblo, de hecho lo primero que señalaría yo como construcciones significativas de la gran urbe serían sus altos edificios: no sus casitas a dos aguas, sino sus azoteas coronando elevados inmuebles; no el armonioso condominio de moradas de una planta con jardines comunes, sino la elevadísima mole de concreto con números de apartamentos en vez de nombres de vecinos; no sus edificaciones medianamente «subibles a pie», sino sus construcciones supraterrenales, imposibles de conquistarse sin ascensores, y que parecen seguir una especie de estilo gótico ultramoderno, como espigados monstruos de cemento intentando estar lo más cerca del cielo. No por nada las imágenes que se evocan al pensar hoy en día en alguna de esas grandes urbes son aquellas donde reinan excelsos edificios, desde rascacielos y alzados bloques lujosos hasta verticales favelas de hormigón, como hay en Nueva York, Tokio, Dubai, Londres, París, Frankfurt, Milán, Río de Janeiro, Buenos Aires, Caracas.  >>

 

Texto completo publicado (julio 2019) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 51, año 13

 

Los semáforos

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«Esa chica de azul que espera enfrente en

el semáforo, ¿quién será?,¿de dónde vendrá?,

¿adónde irá con el bolso en bandolera?«

Manuel Vincent

El instante suspendido de lo que dura el color rojo de un semáforo para peatones —en medio de ese inexorable tiempo de las grandes urbes— puede ser el marco a una extraña reminiscencia, a un dubitativo recuerdo de alguien que acaso se creyera haber conocido en otra vida, a una fugaz ternura, e incluso exagerando, a un amor a primera vista. Todo a condición de soñar, de darse el lujo de jugar a evadir la realidad por unos segundos. Segundos que entonces se convierten en un bálsamo temporal, en una festina lente de ese apresurado devenir del hombre contemporáneo. ¿Qué sería de tantos peatones apremiados en Berlín, Bonn, París, Milán, Viena, o peor aun, en Nueva York, en Tokio?, para quienes los semáforos pudieran ser la única forma de hacer un alto en su diario trajín, como quien se mira ante un espejo, contemplando a otros de su especie con las mismas prisas, aunque debido a distintas causas, detenidos enfrente.>>

 

Texto completo publicado (marzo 2019) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 50, año 13

 

Las multitudes

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 «À côté des fourmis, les populations«

Alfred de Vigny

Contemplar la ciudad de Lima desde el mirador ubicado en la cima del Cerro San Cristóbal es una experiencia que empapa nuestros cinco sentidos de impresiones únicas e inenarrables. La vista ofrece un color arena, secundado de un celestial gris, como si toda la capital estuviera cubierta de un fina capa de polvo. Un ligero e imperceptible olor a basural incinerándose contribuye también a esa invasión que sufren hasta los olfatos menos refinados. Si uno va comentando algo mientras observa la metrópoli anónima, la lengua parece llenarse de un fino talco que suele no ser otra cosa que tierra muerta levantada por una ligera brisa. Las uñas de las manos pueden llegar a negrearse sin haber tocado carbón alguno, tal vez a raíz del smog que, sumado a la humedad, se pegotea por todos lados. Lo menos perceptible resulta ser, sin embargo, eso que le da el toque de urbe inconmensurable e inasible a tamaña región cosmopolita como es Lima: su ruido. Es un ruido sordo que se oye allá arriba, si uno cierra los ojos y se percata. Llega como de muy lejos y, no obstante, se siente cerca. Es una bulla urbana que uno se imagina posible en aglomeraciones de millones de gentes en su cotidiano quehacer. Es un rumor salido de multitudes interactuando y que comprende bocinazos, motores, silbatos de policía de tránsito, campanillas de camión de la basura, ajetreo comercial, muchedumbres haciendo ruido con el choque de sus zapatos contra las aceras, o con su simple conversación callejera; en pocas palabras, es el ruido de un hormiguear de gentes. Sobre todo es aquel runrún de hormigas humanas lo que produce un estremecimiento que colinda con el vértigo.>>

Texto completo publicado (noviembre 2018) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 48, año 12 

La calle

<<«Tú tienes lle-ca», me dijo el chico que había conocido en la interminable cola de un viejo cine limeño al que había ido sola, poco después de cumplir mi mayoría de edad a finales de los años ochenta. En esa ocasión a aquel simpático muchacho le entendí que se refería a que yo no le parecía tonta, sino lista, o sea, astuta; es decir, en otras palabras y por el machismo que salía de su mirada: le parecía bien ‘zorra’. Y es que la verdadera escuela de la vida en las grandes urbes del mundo como Lima parece tener que ser la escuela de las calles, primero las de tu barrio y luego las que vas conquistando poco a poco; solo que en sociedades como la Lima de ese entonces las aceras parecían reservadas para cosas de hombrecitos y no de niñas. Pero, de verdad: ¿nos dejan alguna moraleja las veredas, las esquinas, la avenida, la callecita, el pasaje? ¿Es verdad que algo se aprende tonteando por el barrio o atreviéndote junto con tus amigos desde temprana edad a traspasar las calles de ‘tu zona’, primero a pie, luego con la bici? ¿Son esenciales para la vida los primeros e inocentes rituales callejeros transgresores: tocar timbres y correr, y otras palomilladas? Será tal vez que muchos de esos paradigmas son herencia de un imaginario colectivo de alguna ancestral lección que nos hace ver la calle del gran conglomerado cosmopolita como fuente de sabiduría emocional. O quizá sea esa vieja tradición religiosa impregnada en nuestras sociedades occidentales de considerar a las grandes ciudades como las madres de todo pecado, las prostituidas, salidas de esas historias bíblicas que parieron a más de una metrópoli: Babilonia, Sodoma, Gomorra, que junto a otras tantas urbes textuales se van heredando y plasmándose en las literaturas del mundo, pasando de la ficción a la realidad y viceversa.>>

Texto completo publicado (setiembre 2018) en:

OTROLUNES – Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 47, año 12